INVOCACIÓN 

 

 

No abras este libro buscando respuestas.

Aquí no las hay.

 

Estas páginas no están hechas para curar,

ni para ordenar lo que llevas dentro.

Están hechas para mirarlo.

 

Si has llegado hasta aquí,

no es casualidad.

Hay cosas que no se dicen en voz alta,

pero se reconocen.

 

Este no es un lugar cómodo.

No pretende serlo.

 

Vas a encontrar fragmentos,

ecos,

versiones rotas de algo que quizá te resulte familiar.

 

Puede que no entiendas todo.

No hace falta.

 

Solo hay una condición:

 

no apartes la mirada.

 

Si decides seguir,

hazlo sabiendo que no vas a salir igual.

 

Y si en algún momento sientes que algo de aquí

también vive en ti…

 

entonces este libro ya ha cumplido su propósito.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PRÓLOGO 

 

A ella le enseñaron pronto a no hacer ruido.

 

Creció en una casa donde el afecto tenía doble filo y donde algunas cosas ocurrían sin nombre. Aprendió a leer los silencios antes que las palabras. A anticiparse. A encogerse lo justo para no molestar. Mientras tanto, dibujaba. Dibujaba como quien abre una ventana en una habitación cerrada.

 

Durante un tiempo, eso fue suficiente para que la llamaran especial.

Nadie preguntó por qué necesitaba escapar.

 

Fuera de casa tampoco encontró tregua.

Llegaron las miradas que pesan, las manos que empujan, las risas que señalan. Lo que empezó como juego torcido se convirtió en otra cosa. Más directa. Más visible. Más fácil de negar por quienes miraban desde lejos.

 

Creció rodeada de golpes que no siempre dejaban marca donde se ve.

Y de otros que sí.

 

En algún punto empezó a medirse.

A compararse.

A decidir que su cuerpo era un error que debía corregirse.

 

El rechazo se le metió dentro como una voz propia.

Y la rabia vino detrás, para tapar el miedo.

 

Respondía. Se enfrentaba. No bajaba la cabeza.

Pero había una parte de ella que seguía callando.

 

Cuando la descubrieron rompiéndose por dentro, lo llamaron exageración.

Como si el dolor necesitara permiso para existir.

 

A los catorce años confundió el descanso con el final.

Pensó que apagarlo todo sería más fácil que sostenerlo.

Pero el cuerpo resistió.

Y eso la dejó con una pregunta incómoda: si seguía aquí, ¿para qué?

 

Después, la vida se estrechó aún más.

 

Una puerta se cerró y ya no hubo casa.

Un padre cansado de sostener lo imposible.

Un hermano demasiado pequeño para entender.

Y ella intentando no ocupar espacio, no ser un peso más en una balanza que ya estaba rota.

 

Se fue.

 

No como quien se marcha, sino como quien se borra.

 

Aprendió a separarse de sí misma.

A usar otro nombre.

A mirar su propio reflejo como si fuera de otra persona.

A negociar con el cuerpo como si no fuera suyo.

 

Cada noche era un intercambio.

Cada mañana, una versión más lejana de quien había sido.

 

El alcohol llegó como una forma rápida de bajar el volumen.

Funcionaba.

Hasta que dejó de hacerlo.

 

Las horas se volvieron difusas.

Los días, intercambiables.

El hambre cambió de forma.

 

A veces era ausencia.

A veces era castigo.

 

El cuerpo empezó a desaparecer, y aun así seguía pesando.

 

Hubo etiquetas, informes, palabras clínicas que intentaban ordenar lo que por dentro era puro desorden.

Ninguna de ellas explicaba del todo lo que pasaba.

 

Intentó reconstruirse apoyándose en alguien más.

Durante un tiempo, funcionó.

Hubo estabilidad, rutina, una especie de pausa.

 

Pero lo que no se mira, no desaparece.

Solo espera.

 

Cuando volvió, lo hizo con fuerza.

Con recuerdos que parecían nostalgia, aunque no lo eran.

Con la idea equivocada de que antes, al menos, tenía el control.

 

Se miró otra vez con los mismos ojos de entonces.

Y volvió a romper lo que empezaba a sostenerse.

 

Cambió de manos buscando sentirse vista.

Confundió intensidad con cuidado.

Repitió el patrón, porque era lo que conocía.

 

Hasta que algo empezó a encajar de otra manera.

 

No de golpe.

No bonito.

 

Más bien como piezas que dejan de resistirse.

 

Entendió que no quería desaparecer.

Que lo que realmente buscaba era dejar de sentir ese dolor constante, esa presión que no daba tregua.

 

Entendió que la felicidad, tal y como se la habían contado, no era el objetivo.

Que la paz —aunque fuera inestable— era más real.

 

Que no se trataba de ser otra persona,

sino de aprender a convivir con todas las versiones que había sido.

 

Que cada caída no la destruía,

la mostraba.

 

Y que, mientras siguiera respirando,

tenía una opción que antes no veía:

 

no volver atrás,

no huir hacia delante,

 

sino quedarse.

 

Y empezar, aunque fuera despacio,

a reconstruirse desde ahí.

 

 

 


I. UMBRA

 

 

 

Algo está roto

 

No sabría decir cuándo empezó.

No fue un momento concreto.
No hubo un antes y un después claros.
Solo una sensación que fue creciendo poco a poco, como una grieta que al principio no se ve, pero ya está ahí.

Algo no encajaba.

Todo parecía normal desde fuera. Rutinas, conversaciones, días que se repetían.
Pero por dentro había una incomodidad constante, una especie de ruido bajo que no se apagaba nunca.

Como si estuviera viviendo en un lugar que no era del todo suyo.
Como si su propia vida le quedara grande o mal puesta.

Empezó a notarlo en cosas pequeñas.
En cómo se miraba al espejo sin reconocerse del todo.
En esa sensación de estar presente, pero no realmente.

Nada era lo suficientemente malo como para explicarlo.
Pero tampoco lo suficientemente bueno como para ignorarlo.

Y eso era lo peor.

Porque no había una causa clara.
No había algo concreto a lo que señalar.

Solo una certeza difícil de explicar:

algo estaba roto.

Y nadie más parecía verlo.

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